Por ser en acto Aristóteles se refiere al momento tal como un momento determinado se nos presenta y lo interpretamos; por ser en potencia se entiende el conjunto de capacidades o posibilidades de la persona o cuestión en común, para llegar a ser algo distinto de lo que actualmente es. Por ejemplo, un niño tiene la capacidad de ser hombre: es, por lo tanto, un niño en acto, pero un hombre en potencia. Es decir, no es un hombre, pero puede llegar a serlo.
Cabe mencionar que la potencia de las cosas y los seres está determinada por su naturaleza y no por sus intenciones, de tal suerte que los fines potenciales de algo o de alguien que esté siendo acto tienen cotas establecidas de manera natural sin considerar en lo que, de ser posible, eso o ello quisiera ser, por lo que citando un par de ejemplos el hombre que nace y se prepara en la política puede ser un estadista mas no un caballo o bien la semilla puede llegar a ser planta mas no un automóvil.
Por último vemos que la potencia es un ser relativo a el acto, por lo que la repetición de actos en pro de la potencia podrán dar lugar a que dicha potencia se dé y no de manera inversa.
Partiendo de éste punto, el acto es definido por un momento determinado, por el ahora sin ver mañana, es lo que para fines de éste análisis definiremos como “Estar”, y la potencia es en lo que nos podemos convertir una vez que el acto se repita y se haga consciente, por lo tanto es un fin último de las acciones, que en adelante lo definiremos como el “Ser”.
Ser y estar son dos palabras que a simple vista aluden a situaciones distintas, pero al hacer cierto tipo de preguntas, nos presentan una confusión inconsciente y natural que nos enturbia el significado de lo que decimos. Para éste ensayo nos enfocaremos en tres preguntas:
· ¿Soy feliz? O ¿Estoy feliz?
· ¿Soy pleno? O ¿Estoy pleno?
· ¿Soy consciente? O ¿Estoy consciente?
El cambio más grande entre ambas preguntas es una cuestión de permanencia, mientras el “soy” nos da un sentido perenne, el estoy nos lleva a un momento, largo o corto, pero momento al fin. El ser perdura, el estar perece. El ser es parte de la esencia, el estar es circunstancial. El ser se vive, y el estar se sobrevive.
Cuando decimos que somos felices, y en realidad se vive así, la felicidad es un modo de vida que nos lleva a tomar diferentes actitudes ante lo que nos pasa, nos ayuda a encontrar un sentido permanente a nuestro estado de ánimo que nos lleve a ser plenos y nos eleva a un estado de consciencia en el cual podemos disfrutar, gozar, compartir e inclusive sufrir sin perder ese trasfondo de ser feliz.
Por otro lado, cuando estamos felices, la felicidad es un trance pasajero que depende del ánimo que tengamos cuando nos pasa algo, esa caducidad del momento nos arrastra a una insatisfacción al tiempo que termina y la consciencia se vuelve efímera, puesto que como dependemos del momento, no durará más que lo que dure el mismo.
Entonces. ¿Es malo estar consciente, estar pleno y estar feliz?, la respuesta es no, si y solo si lo tomamos como un impasse en la formación de nuestro temple y vamos, momento a momento, de estando en estando, llegando a ser lo que estamos.
El estar, si así lo decidimos, puede ser un constante entrenamiento en la carrera del ser, o bien un acto repetitivo que nos lleve a la potencia, por lo que es necesario e imperante que lo practiquemos con miras a no dejar de ser lo que estamos siendo cuando acabe ese momento en que estamos.
De otro modo, se puede Ser y estar o bien Ser y no estar, dependerá de las circunstancias, pero siempre con el trasfondo de ser, por otro lado se puede Ser mientras se está, más la brevedad del estar no necesariamente termina por ser y eso nos vuelve intrascendentes.
De ahí la importancia de ser felices y no sólo de estarlo, de ser conscientes y no solo de estarlo para así poder ser plenos y no que al pase del momento nuestra plenitud se vuelva un hueco que nos arrastre a la inconsciencia y la infelicidad.

